jueves, 13 de agosto de 2009

El trabajo de casa fuera de casa

Mujeres ecuatorianas en España y Alemania

Paula Castello Starkoff
Quito, 2008

En las últimas décadas, las mujeres han visto incrementada las posibilidades de ingresar al mercado laboral, sin embargo, este proceso no ha significado, necesariamente, mayor acceso al cumplimiento de proyectos personales y al desarrollo de capacidades y profesionalización para acceder a plazas de trabajo que escapan de las tradicionalmente destinadas para mujeres: servicios y cuidado (Todaro y Guzman, 1995; Benería, 2002). Paralelamente, los Estados latinoamericanos se han desvinculado progresivamente de las políticas de reproducción social y, por ello, las mujeres han visto incrementada su responsabilidad en esta tarea que, por la división sexual del trabajo y las relaciones de género imperantes en nuestras geografías, ha sido siempre un “deber” de las mujeres cumplir (Hartmann, 2000; Jelin, 1994).

Este proceso, sumado a las graves crisis económicas que ha sufrido Latinoamérica en las últimas dos décadas, ha generado una presión por la inclusión de las mujeres al mercado laboral, quienes ocupan, generalmente, las plazas de trabajo informal, en tanto que el trabajo destinado para las mujeres aun no ha sido plenamente regularizado en la mayoría de los países de la región como sucede, por ejemplo, con el trabajo doméstico, aquel que ocupa a la mayoría de las mujeres en Latinoamérica y el Caribe (Montaño y Rico, 2007). Adicionalmente, las últimas décadas en Latinoamérica se han caracterizado, entre otras cosas, por la feminización de la fuerza de trabajo (Benería, 1995, en Paiva Abreu, 1995). Los bajos sueldos, la dificultad para conciliar la vida familiar con el trabajo remunerado fuera de casa y la notoria precariedad del trabajo informal ha empujado a la búsqueda de nuevas estrategias que permita a las mujeres lograr con la supervivencia del hogar y la familia que, cada vez más, recae sobre ellas, ya sea por ser mujeres cabezas de hogar o porque los ingresos del marido no son suficientes, entre otras razones (Montaño y Rico, 2007).



En este contexto, migrar se ha convertido en una alternativa frecuente y, muchas veces, concebida como la única para lograr el sustento familiar. Hoy, se estima que alrededor de 190 millones de personas viven fuera de su país de nacimiento de las cuales cerca de 95 millones son mujeres, casi la mitad (UNFPA, 2006). Latinoamérica y el Caribe figuran entre las regiones con mayor porcentaje de población migrante[1] con fines laborales[2] (UNFPA, 2006). Esta estrategia se combina con la histórica adjudicación del cuidado de la familia que recae sobre las mujeres, en tanto que, para cumplir con dicho rol muchas de ellas se embarcan en un proyecto migratorio que consideran les permite lograr las condiciones materiales y de calidad de vida que anhelan para ellas y sus familias.

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