El hecho de que España cuente ya con alrededor de un 10% de población extranjera
viviendo en su país, muchos/as de ellos/as hace varios años y sin planes claros de “retorno”, implica una imperativa necesidad de asumir a la población migrante como miembros de la realidad local española y europea, así como de cada ciudad en cada uno de estos países. Muchos de los problemas que ahora señalan con la población inmigrante, entre ellos varios relacionados con la salud sexual y salud reproductiva de las mujeres, tienen que ver con haber encarado una “integración” reducida al carácter económico que significa la presencia de esta población, a su condición como elementos trabajadores y no como personas que, además de trabajar, llevan toda una vida envuelta de complejidades como la de cualquier ser humano, incluso más, por su particular condición de migrantes, la que se enfatiza, precisamente, por la difusa “inclusión” que promueven los países a los que llegan. Una integración que no plantea un diálogo mutuo, que no plantea crecer juntos en la diferencia, sino que plantea, sobre todo, que quienes vienen de afuera conozcan a quienes son de aquí, los/as que están adentro, y aprendan a vivir como ellos/as (para servirles mejor). La integración propuesta no contempla las posibilidades de desarrollo personal de las personas extranjeras que allí viven, como es el caso de las mujeres latinas, confinadas casi todas al trabajo doméstico, ámbito en el que se violan casi todos los
derechos básicos de los/as trabajadores/as (Moreno-Fontes Chammartin, 2004). En lugar de impulsar políticas para que estas mujeres y otras personas puedan diversificar sus posibilidades de empleo y aportar con sus conocimientos y habilidades, abundan los cursos para enseñarles a limpiar de acuerdo a los caprichos de las mujeres españolas, a cuidar personas ancianas o bebés. Abundan también las trabas administrativas con las que se encuentran aquellas mujeres con títulos universitarios, que entre las latinas son muchas, para que puedan convalidarlos y homologarlos. El hecho de trasladarse de país, más aún de continente, hacia un contexto socio-cultural diferente y, sobre todo, desconocido, provoca transformaciones que trastocan imaginarios y patrones en cuanto al lugar que piensan que ocupan en el mundo como personas y como mujeres. Cambios estrechamente vinculados con la construcción social de la sexualidad en las distintas etapas del ciclo vital. Etapas que, en el proceso migratorio, amplían (o restringen) su espectro de posibilidades con respecto a generaciones anteriores, así como de imaginarios presentes. La trayectoria migratoria se convierte en una experiencia con potencial transformador tanto en la construcción de la sexualidad, las concepciones sobre el cuerpo y las relaciones de género. Sin embargo, esta potencialidad no siempre es visible, consciente, ni manifestada.
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